Algunas semanas más tarde salimos a bailar a otra discoteca. La noche prometía, fiesta de espuma y actuación en vivo de una de las bandas de cumbia más exitosas que había en Uruguay por aquella época, una de las pocas con canciones que llegaron a estar de moda en el exterior. Esta vuelta ya venía preparado, a diferencia de la vez anterior, en esta ocasión me hice pasar por security con alevosía y predeterminación. Cuando empezaron a subir los instrumentos al escenario, dejé de bailar y subí cumplir con mi labor. La discoteca era mucho más grande que la otra, la banda tenía muchas más fans, así que me mantuve bastante ocupado haciendo mi trabajo. Sobre el final del espectáculo empezó a caer la espuma del techo y varias chicas trataron de aprovechar el desconcierto inicial para intentar colarse al escenario, no fue sencillo mantenerlas a todas a raya.
Después de que la banda se retirara seguí con mi rol un rato más, haciendo de cuenta que supervisaba la descarga de los equipos. Desde allí arriba noté una rubia hermosa que me miraba. Era una de esas mujeres que las ves y no puedes sino quedarte boquiabierto de admiración, atontado ante la desbordante belleza que Dios ha otorgado a las hijas de Eva. Una de esas que no suelen notar la presencia de un simple mortal como yo. De hecho, me había ignorado olímpicamente tan sólo una hora antes, cuando aún era tan sólo otro civil que no carga sobre sus hombros la responsabilidad por la seguridad personal de tan destacados artistas. Respiré hondo, aspiré coraje, bajé de mi podio y me le acerqué:
- Hola, qué tal. Ahora estoy de servicio, pero más tarde cuando termine me gustaría invitarte a tomar un trago.
La verdad es que había llegado en auto y tenía que arrimar a mis amigos a sus casas, no podía tomar alcohol ni quedarme, pero ya pensaría como me las arreglaría. Los muchachos podían esperar y yo podía tomarme un café.
- Me encantaría. Pero estoy toda mojada.
- ¿¿Eh??
- Me mojé toda por la espuma y necesito volver a casa a cambiarme de ropa.
- Aaaah...
- Pero yo a la banda la sigo a muchos de sus recitales, así que seguro que nos vemos, podemos dejarlo para la próxima.
Así que la chica sí estaba interesada. Ésta era una oportunidad que no podía dejar pasar, era necesario improvisar:
- Lo que pasa es que yo no siempre trabajo con ellos, voy rotando entre varios grupos, hoy justo le estaba haciendo una suplencia a un colega.
Conversé con ella un rato más. Al final quedamos en que otro día hablábamos por teléfono y coordinábamos para encontrarnos. Estaba eufórico, saboreando el éxito de la jornada, subiendo al coche para ir a casa y cerrar la noche con unas bien ganadas horas de sueño, cuando me di cuenta de que no había anotado su número de teléfono. Mis amigos ya estaban adentro del auto tratando de fijar a cual de ellos convenía que llevara a su casa primero. Me bajé del auto y salí corriendo a buscarla. Como no podía ser de otra manera, la leyes de murphy establecieron que justo en ese momento el taxi al que subió arrancara viaje. Volví al auto e inicié la persecución.
Había sacado la libreta de conducir hacía poco. El examen lo había salvado de pura suerte, lo cierto es que era un verdadero peligro al volante. El confianzudo de mi padre tendría que haber pensado dos veces antes de prestarme las llaves. Mis amigos tendrían que haberlo pensado tres, antes de embarcarse en aquel navío estando yo al timón. Sospecho que más de uno habrá estado a punto de ensuciar sus pantalones durante los peligrosos minutos que pasaron hasta que alcancé al taxi. El taxi paró, ella se asomó a la ventana y me dictó su numero.
Después de aquella noche tan hollywoodesca tan llena de acción, sólo me faltaba volver a verla y completar el guión con el final feliz. En mi cabeza ya me había rodado toda la película. Habría que explicar cómo es posible que el guardia de seguridad fuera un flacucho como yo (en aquella época no ostentaba la alegre panza cervecera que luzco hoy en día) y no la típica bola de músculos y esteroides. Por su puesto, la explicación incluiría supuestos viajes a Israel, para imaginarios cursos de entrenamiento bajo la tutela de los renombrados servicios de seguridad israelíes. Lástima que las cosas no siempre salgan como uno las planea e insistan en esa molesta manía de tomar giros perturbadores.
Continuará...
jueves 17 de abril de 2008
El Security. Segunda parte.
martes 8 de abril de 2008
El Muck
Es sorprendente los efectos que puede tener el alcohol sobre los secretos. Unos tragos y uno ya es capaz de sacar a luz sus más recónditas aventuras. En el caso de mi amiga (a quien apodaremos Frida para salvaguardar su buen nombre), tomó unos tres litros de cerveza antes de que me confiara su traumático encuentro con el misterioso y temible Muck.
Frida, llegada desde un país de Europa de cuyo nombre no me quiero acordar, llevaba varios meses en Israel trabajando de voluntaria en un kibutz. En ese tiempo se había hecho muy amiga de los obreros tailandeses empleados en el kibutz para tareas agrícolas. Con el velo de la barrera lingüística, la amistad se había estrechado a tal punto que con varios de ellos compartía el cuerpo y el hachís.
Un buen día Frida decidió que ya era hora de dejar ambos vicios. Los obreros, sumamente decepcionados, hicieron todo lo posible por disuadirla. Un obrero recién llegado con quien Frida aún no había compartido el lecho insistió: "¡Muck! ¡Muck!". Frida le preguntó a Bhumibol, uno de los únicos que sabía algo de inglés que significaba aquello de "muck". Bhumibol le respondió que era muy difícil de explicar en otro idioma, pero que él también tenía uno y si ella quería él se lo enseñaría gustoso. Frida, que ya se iba haciendo la idea de que podía significar aquel dichoso muck, declinó la oferta. Bhumibol no se dio por vencido y prosiguió con sus esfuerzos didácticos: "si no quieres ver el mío, quizás prefieras ver los de Samak" y señalando a la entrepierna del recién llegado añadió: "él tiene dos".
Años más tarde Frida me confesaba que no pudo con su curiosidad, al fin de cuentas, un mismo hombre con dos mucks no es algo con lo que se pueda experimentar todos los días. Resultó ser una gran decepción, al parecer el muck extra, a pesar de su aspecto prometedor, no aportaba demasiado. Supongo que la cuestión no es cuántos mucks tengas si no cuán diestramente sepas maniobrarlos. De todos modos, si estás buscando impresionar a las damas con un nuevo y reluciente muck, puedes encontrar toda la información necesaria haciendo click aquí.
domingo 6 de abril de 2008
Bienvenido al siglo XXI
Hace meses que le venía insistiendo a mi tío que vive en el exterior, que en lugar de comunicarnos por cartas o por teléfono sería más cómodo que empezara a usar correo electrónico. Le decía que sus cuarenta años de edad y su poca experiencia con computadoras no tenía por qué ser un impedimento, si hasta la abuela (que lo dobla en edad) había aprendido en tan poco tiempo, él no tendría problemas.
Finalmente accedió a hacer el intento. Un fracaso. Se sentó en su cuarto frente al computador y con mucho esfuerzo y paciencia logró apañárselas para escribir el correo. Pero más tarde, por más que insistió, protestó y se quejó, no pudo convencer a los funcionarios de que lo enviaran. Los muy bastardos quisieron hacerle creer que los correos electrónicos no se envían desde allí.
- ¿Pero es que acaso no es ésta la oficina de correos?
martes 1 de abril de 2008
El security. Primera parte.
Hace unos días estaba escuchando unas cumbias, de esas que sonaban en las discotecas cuando salía a bailar en Uruguay varios años atrás. Me hicieron recordar con nostalgia aquellos tiempos, aquellas anécdotas, en especial una anécdota en particular que merece la pena compartir:
Llevaba un buen rato bailando sobre una tarima, estaba hacia un costado cerca de los parlantes, a pocos pasos de la escalera por la que se podía subir y bajar de dicha tarima, que hacía las veces de escenario. A pesar de estar en un lugar elevado, me encontraba colocado de tal manera que no llamaba la atención. En eso veo que por la escalera empiezan a subir unas personas cargando más parlantes y demás instrumentos, dejo de bailar por un rato y me quedo observándolos. Bajan y vuelven a los pocos minutos trayendo más equipo, pasan varias veces más por al lado sin hacer caso de mí. Me doy cuenta que van dejando todo listo para que toque una banda. Me queda claro que no se supone que esté allí, siendo que no formo parte de la banda ni de los que cargan sus instrumentos. Pero ya que nadie repara en mí y parecen tomar mi presencia por natural, decido seguir el juego. Cruzo los brazos, me paro firme y pongo cara de seriedad. El conjunto musical sube finalmente al escenario, y yo, el nuevo guardia de seguridad, me quedo allí a un lado, vigilando que todo siga en orden.
Por su puesto, soy un security muy profesional que se toma su trabajo muy en serio. A las eufóricas admiradoras de los músicos que intentan subirse al escenario, les hago señas indicándoles que aquello está terminantemente prohibido y allí estoy yo para impedirlo. Una chica más osada que el resto, me pide permiso para ofrecerle un cóctel al cantante. Tomo el vaso, lo hago girar lentamente como si se tratara de una copa de vino, lo huelo con suspicacia, me mojo los labios, pruebo un poco y luego de hacer un gesto de aprobación se lo paso a su destinatario.
Desde abajo, dos amigas mías con quienes había llegado a la disco hacen su parte. Ruegan que por favor las deje subir, me envían besos con la mano como si fuesen mis admiradoras y me hacen gesto con la mano de que las llame por teléfono. Les devuelvo el gesto, indicando que más tarde las llamo. Otra chica de entre el público, una que no me conocía, le confiesa su envidia a una de mis cómplices: "¡No lo puedo creer!¡Te va a llamar!¡Qué suerte que tenés!"
Esa noche la pasé genial. Nos divertimos muchísimo y nos reímos por horas comentando con los muchachos los detalles de la ocurrencia. Pocas de nuestras salidas tuvieron resultados más bizarros, una de ellas fue la segunda vez que hice de "security".



